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Actualmente
sabemos que los tres primeros años de vida son muy importantes
para el desarrollo de las potencialidades del cerebro humano.
Nuestro
cerebro no es un ordenador que sólo funciona cuando tiene todas
las piezas en su sitio y está conectado, sino que empieza a funcionar
antes de estar terminado; en el seno de nuestra madre, ya funciona.
Los
descubrimientos realizados en estos últimos años indican
que en los primeros días de la vida de un bebé su cerebro
realiza una gran cantidad de conexiones neuronales (uniones de axones
con dendritas, que son las prolongaciones de las neuronas o células
nerviosas).
Poco
después, el cerebro irá seleccionando las conexiones que
sean más útiles, y eliminará aquellas que se utilizan
raras veces, o nunca. Autoelimina lo que en términos informáticos
llamamos "basura".
Así,
investigadores del Baylor College of Medicine de Houston han descubierto
que los niños que no juegan o reciben pocas caricias desarrollan
menos su cerebro.
Algunos
investigadores afirman que es posible que no podamos cambiar mucho lo
que pasa en el cerebro de un niño antes del nacimiento, pero podemos
cambiar lo que pasa después.
Se
ha demostrado que a los dos años el cerebro de un niño tiene
el doble de conexiones, y consume el doble de energía que el cerebro
de un adulto normal.
Cada
vez que un bebé intenta tocar un objeto, o recibe una caricia,
pequeños impulsos eléctricos recorren las neuronas y se
crean nuevas conexiones.
Los
padres somos los primeros y más influyentes estimuladores del cerebro
de nuestros hijos.
Algunos
investigadores, como Bruce Perry, de Houston, afirman que "la experiencia
del bebé es el principal arquitecto de su cerebro".
Según
las últimas investigaciones, se cree que el cerebro necesita recibir
ciertos estímulos en un momento determinado para poder adquirir
alguna habilidad. A esto le llaman apertura de ventanas; por ello, hay
un periodo de tiempo en el que la ventana de entrada de estímulos
permanece abierta; y también hay ventanas que no se cierran nunca.
Según
parece, hay una serie de ventanas para desarrollar el lenguaje; algunas
se van cerrando a partir de los cinco o seis años, aunque otras
perduran toda la vida. Por tanto, se sabe que la capacidad máxima
para aprender un segundo idioma se tiene hasta los seis años, y
después va disminuyendo de forma constante e inexorable.
La
infancia es, por tanto, un periodo muy importante para el desarrollo de
las potencialidades de nuestro cerebro y, aunque dependiendo de cierto
factor genético, es evidente que los estímulos y la emotividad
del entorno influirán muy decisivamente en dicho proceso de desarrollo.
Por
tanto, existen datos para poder creer que el cerebro humano, aunque en
parte misterioso, puede desarrollarse en todo momento.
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