Los padres siempre queremos lo mejor para nuestros hijos. Nos preocupamos
por elegir un buen colegio, que hagan los deberes, que estudien, que saquen
buenas notas... Nos sentimos tranquilos cuando nos dicen en el colegio
que son inteligentes y que no tendrán problemas en los estudios. Pero,
suponiendo que pertenezcamos a este grupo de afortunados padres, ¿es eso
todo? ¿podemos felicitarnos por la tremenda suerte que hemos tenido? Naturalmente
la realidad puede no ser tan brillante. Nuestro hijo puede que pertenezca
a un grupo de niños que no se relacionan bien con sus compañeros, que
son inexpresivos, que no gestionan ni controlan sus emociones, que se
enfadan en exceso si algo les sale mal, o que se muestran demasiado ufanos
cuando les sale bien. Últimamente han surgido algunas voces, como la del
profesor de psicología Daniel Goleman, que han puesto de manifiesto la
importancia que tiene la inteligencia emocional en el comportamiento humano
y en la consecución del éxito en la vida. Otro investigador, Salovey,
de la Universidad de Yale, define la inteligencia emocional como "una
parte de la inteligencia que concierne a la habilidad de comprender sentimientos
propios y ajenos y de utilizarlos para nuestros pensamientos y acciones".
Goleman trabaja en programas pilotos en colegios de Estados Unidos, donde
se enseña a los niños a resolver conflictos, a controlar sus impulsos
y a desarrollar sus habilidades sociales, porque está convencido de que
el control emocional se puede aprender, y mejor desde pequeñitos. A partir
de estos trabajos se ha comprobado que la situación de niños que eran
rechazados ha mejorado. Por tanto, vemos que a los padres nos van saliendo
nuevas tareas, no sólo debemos ayudar a nuestros hijos en el desarrollo
de la inteligencia lógica, para que puedan obtener un buen futuro profesional,
sino que también hay que educarlos emocionalmente, para que ese futuro
sea realmente prometedor, e incluso, aunque su inteligencia lógica no
sea demasiado brillante, puedan, con sus habilidades sociales y emocionales,
conseguir una buena profesión. Se ha demostrado que chicos cuya inteligencia
clásica (medible por un test) no era muy elevada consiguieron cargos importantes
por poseer alta inteligencia emocional. Otros, en cambio, muy brillantes
profesionalmente, por su baja inteligencia emocional, no eran felices
debido a su incapacidad para relacionarse con otras personas y para gestionar
su propia vida. Otra de las afirmaciones que realiza Goleman en su investigación
sobre la inteligencia emocional es que si el aprendizaje del dominio de
los impulsos no se ha realizado durante los primeros años del niño, éste
tiene mayor dificultad de prestar atención en la escuela. Si las familias
no realizamos la alfabetización emocional de nuestros hijos, se producirá
una sobrecarga en las tareas de la escuela, que ya se encuentra superada
con demasiados dramas no resueltos a nivel familiar y que llegan a las
aulas. Hoy en día no es raro en una comunidad escolar ver algunos casos
de chicos que no controlan sus emociones y que, cuando se les pide cuentas
sobre pequeñas indisciplinas fácilmente corregibles, tienen respuestas
muy exageradas, totalmente desproporcionadas y fuera de tono. Moderar
los impulsos, resolver los conflictos de manera pacífica con el diálogo,
interpretar correctamente los comportamientos de los demás, y muchas más
cosas, que sirven para mejorar nuestra calidad de vida, se aprenden sobre
todo en la familia, y los padres no debemos descuidar esta faceta, no
menos importante que las notas académicas de nuestros hijos.