Analicemos primeramente las emociones que inciden con mayor frecuencia en la
vida y que requieren de nuestra intervención educativa:
- La ira es una emoción diseñada para la supervivencia básica, pues nos ayuda a
enfrentar peligros o amenazas reales; sin embargo la mente humana con mucha
frecuencia crea estímulos artificiales (originados en el pasado o magnificados) a los
que ataca en la vida real, generando un desajuste en la respuesta; aporta más flujo
sanguíneo a las manos para aferrar un arma o para golpear con el puño a un
posible enemigo; el incremento en los latidos del corazón y la mayor aportación de
hormonas (como la adrenalina) generan energía para una acción vigorosa.
Cuando la ira se convierte en sentimiento estereotipado, desgasta las reservas de
energía y se activa de manera difusa generando problemas de salud. La Escuela de
Medicina de Yale encontró resultados equivalentes en 929 personas que habían
tenido infartos y que fueron seguidos durante 10 años. Los individuos más
propensos a los arrebatos de ira tenían tres veces más posibilidad de mayores
problemas cardiovasculares que los que eran más ecuánimes. Si, además tenían
niveles altos de colesterol, el riesgo era de cinco veces más alto.
- El miedo funciona como reacción opuesta a la ira: inhibe la respuesta ante el
peligro por considerarlo superior a los recursos disponibles. La ira propicia el ataque; el miedo, la huída. En su reacción biológica aporta más sangre a los
músculos largos de todo el cuerpo para facilitar la huída de un peligro; los circuitos
en los centros emocionales del cerebro activan un flujo de hormonas que propician
en el cuerpo el estado de alerta y de atención sobre el factor de amenaza.
Al igual que todas las emociones, la mente puede generar estímulos artificiales de
temor aunque la respuesta es igual a la que damos ante estímulos reales. Los
miedos artificiales son aprendidos a partir de experiencias reales; ante cualquier
evento doloroso los sistemas de creencias suelen generar interpretaciones de los
hechos para convertirlos en positivos o negativos. Una vez que la mente asume una
experiencia como negativa, ya está el miedo instalado y se refuerza a sí mismo en
un círculo vicioso.
Al igual que todos los sentimientos estereotipados, el miedo repetitivo mina la
salud, sobre todo en los órganos o sistemas más vulnerables al temor: el sistema
inmunológico es quizá el foco primero del miedo con todas las secuelas de
malestar, pues responde de manera exagerada ante situaciones de riesgo real o
artificial: fragilidad ante virus o bacterias, problemas respiratorios o intestinales,
dolores musculares recurrentes. Las molestias en columna vertebral siguen en la
línea de ataque por el miedo: contracturas frecuentes, alteraciones en el sueño
ocasionadas por problemas disfunciones en esa zona crítica.
Jerome Kagan de la Universidad de Harvard sugiere que las personas propensas al
miedo, tienen un funcionamiento neuroquímico fácilmente excitable que los hace
evitar las situaciones desconocidas y sufrir de mayores niveles de ansiedad; los
niveles altos de noripinefrina activan a la amígdala y crean mayor excitabilidad. El
silencio es uno de los barómetros de la timidez en los niños y puede acompañar a
las personas por el resto de sus vidas.
El mismo autor ha estudiado la génesis ambiental del miedo y ha encontrado
diferencias educativas: las madres sobre-protectoras suelen consolar
inmediatamente a sus hijos de seis meses cuando éstos experimentan frustraciones
normales; otras preferían que sus hijos aprendieran a manejar esos momentos de
frustración. Obviamente las madres sobre-protectoras mantenían más tiempo en
brazos a sus hijos cuando estaban ansiosos que cuando estaban tranquilos.
Otra diferencia radicaba en el año de edad de los niños: las madres sobreprotectoras
eran más blandas e indirectas para establecer límites protectores
(disciplina); las otras madres, por contraste, eran empáticas, establecían
claramente los límites, daban órdenes directas e insistían en la obediencia.
La conclusión de Jerome Kagan es que las madres sobre-protectoras exacerban la
incertidumbre de los niños y producen un efecto contrario al deseado, pues quitan
la posibilidad de aprender a calmarse a sí mismos frente a situaciones desconocidas
y a lograr mayor control de los elementos temerosos. A nivel neurológico, significa
que sus circuitos pre-frontales pierden la oportunidad de aprender respuestas
alternas para enfrentar el miedo y su tendencia a la ansiedad se robustece por la
repetición.
- La tristeza se define como dolor por un bien perdido; favorece el ajuste ante
una pérdida significativa y aporta un poco de energía y entusiasmo para
continuar con las actividades de la vida diaria. Una vez que cumple con su
objetivo protector, el ser humano experimenta resiliencia (cicatrización
emocional). Si no hace su función, la tristeza se convierte en sentimiento
estereotipado por el que logra atención y lástima. En estos casos, las
enfermedades recurrentes se concentran en el sistema respiratorio, sobre
todo, el asma; cuando el sistema respiratorio es afectado, el nivel de
energía se reduce considerablemente y genera depresión, que es la cara
más conocida de la tristeza continuada. Una vez que la energía disminuye
en el flujo diario es muy probable que el sistema inmunológico pierda su
potencia y exponga al organismo a cualquier enfermedad. El efecto de la
depresión es diferente, pues, aunque además de que hace a las personas
más susceptibles a las enfermedades, también impide la recuperación
Píldoras educativas
médicas de 122 hombres que habían padecido un infarto, habían muerto 21
de los 25 más pesimistas 8 años después; en cambio, sólo habían muerto 6
de los 25 sujetos más optimistas. La esperanza, pues, tiene efectos
curativos naturales.
Los problemas de relaciones en la gente joven son los principales activantes de la
depresión. El abandono de la escuela es un riesgo especialmente alto para los niños
que experimentan rechazo social. Por ejemplo, el 25% de los niños que eran
impopulares en la primaria, abandonaron los estudios antes de terminar el
bachillerato, comparado con el 8% general. No es difícil imaginar el porqué: 30
horas de convivencia en un lugar en el que se recibe constantemente antipatía.
- La felicidad incrementa la actividad neurológica e inhibe los sentimientos
negativos; ofrece un descanso al cuerpo, así como prontitud y entusiasmo para
enfrentar los retos.
Soñar con los ojos abiertos, asombrarse porque las cosas son como son, significa
ceñirse y acoger lo mejor de la vida. Permanecer curiosos. La capacidad de felicidad
radica en esta curiosidad, que para Aristóteles era la disposición filosófica por
excelencia.
Es necesario aprender a mirar las cosas por lo que mejor se acerca a nuestras
expectativas y considerarlas como regalos inesperados. Saber contemplarlas
significa liberarse y cultivar la propia libertad. La filosofía no cambia en nada las
cosas que aclara: modifica solamente, y ya es mucho, la forma de captarlas; por
esto mismo, cambia el modo de evaluarlas. La experiencia vivida, en ciertas
ocasiones permite anticipar este cambio. Los estoicos hacen de esta distinción el
principio de sabiduría, exhortando al hombre a concentrarse en lo que está
realmente bajo su poder.
El amor estimula el sistema parasimpático y genera la respuesta de relajación:
calma, contento y actitud de cooperación. La tecnología que faculta a los padres
para trabajar a distancia y que organiza unos vínculos breves y variados suprime
las relaciones de persona a persona y ya no permite que los adultos impriman su
huella en la memoria de los niños. Estos bebés gigantes, bien atendidos desde el
punto de vista social y material, se comportan como seres encantadores, ávidos,
pasivos y medrosos, y compaginan la dicha del biberón con la furia de la
frustración. Esta situación es diferente de la que se produce en un sistema de
vínculos múltiples, en el que los lazos, de duración suficiente, se impregnan en la
memoria de los niños. En una situación de prisión afectiva no hay más que un
vínculo permanente, y éste adormece al niño y le aísla del mundo.
John Bowlby ha sido uno de los primeros en intentar comprender el problema de los
niños que son “el centro del mundo” y que desarrollan carencias afectivas y llegan
a la edad del emparejamiento con una actitud de sumisión al otro. Gracias a su
sumisión, siempre hay alguien junto a ellos. En su teoría de los niños mimados, Freud hablaba de los “padres neurópatas” que, como es sabido, son propensos a
prodigar una ternura desmesurada que despierta con sus caricias las tendencias del
niño a la neurosis. No se trata por tanto de un exceso de afecto parental, sino del
aprendizaje no consciente de una angustia de pérdida; produce bebés gigantes de
narcisismo hiperatrofiado.