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El calzado tiene la misión de proteger el pie contra
las irregularidades del terreno, golpes, suciedad, humedad
y frío. En el niño tiene una importancia especial
ya que realiza una actividad física muy activa, corre,
salta, juega y además es un pie en crecimiento. Por
este motivo el calzado puede influir en el desarrollo natural
(fisiológico) del niño.
El zapato está constituido por la suela que es la parte
situada por debajo del pie y por la caña que es la
parte del calzado que no es la suela ni el tacón. La
caña está constituida por el contrafuerte del
talón, de gran importancia en el niño, el corte
y la puntera.
La suela del zapato no debe ser de un material excesivamente
rígido para permitir la flexión de las articulaciones
del pie, principalmente de las articulaciones metatarso-falángicas.
La longitud de la pala, es decir, la distancia entre la punta
del calzado y el origen del lazo debe ser lo suficientemente
larga, para sujetar el pie, pero ha de permitir la entrada
y salida del pie con cierta facilidad. El calzado se fabrica
sobre unos moldes denominados hormas y sobre ellas se montan
las diversas piezas del zapato. Estas hormas pueden tener
mayor o menor curvatura favoreciendo o dificultando la rotación
interna del pie y una puntera de distintas formas. El tacón
debe ocupar ¼ parte de la horma y la parte posterior
de la pala no será menor de 1/3 del largo de la horma.
La numeración del calzado en teoría debería
designar la distancia entre la parte posterior del talón
y el extremo del dedo más largo, que no siempre es
el dedo gordo. La numeración se realiza con relación
al punto de París (6,66 mm.), 3 números equivalen
a 2 cm.
El calzado fisiológico es el que deben llevar los niños
y las personas con pies normales, ha de permitir una correcta
deambulación y no impedir el desarrollo del pie, ni
la movilización del tobillo. Para ello ha de respetar
los cambios de volumen del pie que se producen en la marcha,
con la carga y descarga y la movilidad de los dedos. No debe
obstaculizar la circulación arterial y venosa. El pie
debe poder controlar el calzado cuando el antepié está
apoyado en el suelo y el talón levantado, para ello
en contrafuerte del talón debe tener una cierta rigidez,
así no dificultará poder girar el pie mientras
andamos o corremos, como sucede al llevar zuecos o chancletas.
El pie del lactante hasta los 8 meses de edad posee una sensibilidad
táctil y extereoceptiva (capacidad para el reconocimiento)
más fina que en la mano. Por este motivo el lactante
utiliza los pies para tocar todo lo que tiene a su alcance.
Estos gestos le ayudan a conocer el mundo que le rodea. A
partir de los 8 meses pasa a tener una sensibilidad más
profunda y consciente de los receptores periféricos
de los músculos, tendones y ligamentos (sensibilidad
propioceptiva). No debemos anular la sensibilidad táctil
ni el sentido propioceptivo, sino que debemos estimularlo
favoreciendo el reconocimiento de la extremidad inferior con
la boca.
Cuando empieza a ponerse de pie y andar, el niño inicia
un aprendizaje con la sensibilidad táctil en relación
con el suelo y con la sensibilidad propioceptiva al interrelacionar
la talla corporal con el peso y la bóveda plantar necesaria
para sus desplazamientos.
Por estos motivos al niño se le ha de dejar los pies
lo más libres posibles en su desarrollo, no es necesario
calzarlo hasta los 2-3 meses de edad. Cuando inicia la marcha
es aconsejable que el zapato sea como un guante con una suela
flexible y una puntera que no sea dura, de piel o tejido suave
y que no tenga plantilla interiores. Finalizada la etapa de
aprendizaje la suela ha de ser flexible para poder movilizar
las articulaciones tarso-metatarsianas, con un talón
con un contrafuerte sólido y que no sobrepase la articulación
de tobillo (articulación subastrágalina) con
una puntera alta y con un leve refuerzo para protección
contra los golpes.
Como
escoger el número de zapato:
1.
Abrir bien el calzado.
2. Quitar los cordones.
3. Colocar el talón del pie en el fondo de la talonera.
4. Entre la puntera útil del zapato y el dedo más
largo debe caber el grosor de un dedo.
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