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Sobre un fondo de regusto velazqueño
aparece la figura de la niña, que tenía en este
momento cuatro años, con una pose de dama, asomando los
puntiagudos escarpines azules y tocada con una aérea
mantilla, que le cubre el tocado y le llega a la cintura, los
tonos azules del tocado y el corpiño realzan el rostro
ingenuo y los rubios cabellos de la niña. Goya
se esmera al pintar sus manos y la posición de los brazos,
de tal manera que parecen iniciar un movimiento de danza, rompiendo
el estatismo de la composición, el perro, también
una representación casi obligada en los retratos femeninos
de la época, es el testimonio de una moda, sin duda,
pero que el artista aprovecha para armonizar sus composiciones.
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Esta niña fue pintada también
por Goya en el gran lienzo de "La familia del infante
Don Luis", en el encantador retrato infantil conservado en la
National Gallery de Washington, y en el retrato de los
Uffizi, ya convertida en una bella joven.
Años después, Goya
vuelve a retratar a la Condesa
de Chinchón, ya
casada con el Príncipe de la Paz Don Manuel de Godoy.
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