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No tiene recursos
de composición ni espléndidos atavíos, ni
chorros de luz, es un sencillo retrato de niño de tímida
mirada, que parece respirar y latir como un cuerpo vivo. No es
fácil analizar como conseguía Rubens esta
impresión vital, pero sin duda tiene algo que ver con los
delicados toques de luz que iluminan su boceto y el modelado del
rostro y los cabellos. Con una gran economía de
medios logra un resultado intimista y convincente. Lo que el pintor
ha plasmado es la imagen de alguien a quién ama.
Esta obra se encuentra en Viena en el
Albertina Museum.
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