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Nació en Sevilla, siendo el último
de catorce hermanos. Aunque algunas veces emplea su primer apellido,
generalmente se le conoce por el segundo. Su vida profesional
estuvo llena de triunfos. Casi todos sus lienzos son de tema
religioso ya que las iglesias y conventos eran sus principales
clientes.
Su estilo que denota un interés naturalista,
descubre también su preocupación por la luz y
por el volumen siguiendo las directrices de Zurbarán.
Muchos son los temas iconográficos
por él pintados, siendo sus Vírgenes, especialmente
en el modelo de Inmaculada Concepción, universalmente
conocidas.
La evolución del sentimiento católico
del barroco le hace experimentar mayor interés por los
temas de la infancia de Jesús y de San Juan.
En El
Buen Pastor,
cuadro que hoy comentamos,
Murillo representa un niño enmarcado en un
ambiente pastoril simbólico con ruinas clásicas
poniendo su mano sobre la oveja descarriada mientras su mirada
melancólica y misteriosa completa el halo místico
y religioso que el pintor desea transmitir.
Entre las pinturas religiosas de tema infantil
es ésta una de las más populares y ha quedado
incorporada como imagen devocional que capta la simpatía
.
Como de una sensibilidad más diociochesca
y menos mística tenemos San
Juanito y el cordero, la actitud ya no
es estática, todo en él desde la sonrisa hasta
la actitud están llenos de gracia y delicadeza.
La pintura profana de Murillo
en casi su totalidad gira en torno a temas infantiles, que realiza
como cuadro independiente, la alegría de asomarse a una
ventana, el juego o la merienda son temas que le gusta representar
.Este tipo de cuadro no tenía precedente en España
y no se volverá a cultivar hasta el siglo XVIII, sobre
todo con Goya.
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