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En
la segunda mitad del siglo XVIII, cuando el panorama pictórico
español era pobre y sin figuras destacadas, surgió
una figura de importancia excepcional que habría destacado
igualmente si la concurrencia artística hubiera sido
más importante, me estoy refiriendo a Don
Francisco de Goya y Lucientes,
nacido en 1746, que desarrolló a lo largo de sus 82 años
de vida una producción desigual, pero siempre genial,
precedente claro, de muchas de las tendencias actuales y realizada
además con gran sentido de la oportunidad, poniendo mucho
de si mismo, pero también de crítica social en
las obras.
No
es este el espacio adecuado para comentar su trayectoria artística,
importante no sólo por la variedad de temas y fecunda
producción, sino también por su talante personal,
ya que nunca le abandonó el deseo de explorar nuevos
caminos para su arte, él mismo condensó esta apetencia,
en su "... aún aprendo", cuando ya se encontraba en el
final de su vida.
Uno
de los temas que trató con especial pericia fue el retrato
de niños, tanto en los grupos familiares, como en los
retratos aislados o en las escenas de los cartones para los
tapices.
En
el grupo de retratos infantiles tenemos el de la Condesa
de Chinchón.
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